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¿Por qué nos enojamos? Lo que dicen los estudios sobre la rabia

Categoría: El cuerpo

Un bebé acaba de aprender a gatear. Alguien le sujeta suavemente el brazo y, de pronto, frunce la cara y protesta. Los estudios sugieren una respuesta corta a por qué nos enojamos (o nos enfadamos, según dónde vivas): el enojo aparece sobre todo cuando algo nos estorba en lo que queremos hacer, y empuja a actuar en lugar de huir. Esa idea tiene apoyo, pero no es la última palabra. Lo interesante viene después: ¿cambia el enojo con la experiencia?, ¿comunica algo a los demás?, ¿y funciona de verdad lo de «cuenta hasta diez»?

Un experimento con bebés: el enojo creció cuando aprendieron a gatear

En 2012, un equipo de la Universidad Estatal de Pensilvania (Estados Unidos) observó a 20 bebés en tres momentos: antes de gatear y a las 2 y a las 6 semanas después de empezar. En cada visita les sujetaban el brazo con suavidad y los investigadores anotaban con qué frecuencia mostraban enojo [1].

El resultado fue que la edad de los bebés no explicaba cuánto se enojaban. Lo que sí parecía importar era la experiencia de moverse por sí mismos: a las 6 semanas de gateo, los bebés a los que sus madres describían como más molestos ante las limitaciones aumentaron más su enojo [1]. Los resultados sugieren que la experiencia de gatear se relaciona con cambios en cómo se expresa el enojo, incluso al tener en cuenta la edad.

Una explicación natural es que, al moverse solos, los bebés tienen más ocasiones de que algo los frene y, con ello, más motivos para protestar. Es una lectura razonable de los datos, no algo que el experimento haya demostrado por sí solo. Además, son solo 20 bebés y una sola situación (el brazo sujeto), así que no describe «todo» el enojo.

El enojo empuja hacia delante, mientras que el miedo empuja a alejarse

Imagina que alguien se cuela delante de ti en una fila. Una persona puede sentir ansiedad y apartarse; otra siente enojo y ganas de decir «oye, espera». Ambos sentimientos son desagradables, pero apuntan en direcciones contrarias.

En 2009, los psicólogos Charles Carver y Eddie Harmon-Jones revisaron muchas investigaciones y concluyeron que la evidencia apoya que el enojo se relaciona con un sistema de motivación de «acercarse» o ir a por algo, mientras que la ansiedad se relaciona con un sistema de «evitar» [2]. Dicho de otro modo, el enojo es incómodo, pero su dirección es hacia el obstáculo.

Ojo con lo que esto no dice: describe hacia dónde empuja la emoción, no si está bien actuar por enojo. Sentir rabia es una cosa; lo que hacemos con ella es otra.

No todos los bebés se enojan igual, y desde pequeños reconocemos caras enojadas

El mismo estudio de los bebés que gateaban mostró diferencias individuales. Los que, según sus madres, se angustiaban más ante las limitaciones fueron los que más aumentaron su enojo tras aprender a gatear, y tardaron más en calmarse cuando dejaron de sujetarlos [1]. No es cuestión de bueno o malo: la misma experiencia pesa distinto según el temperamento.

El enojo tampoco se queda dentro de uno: se ve en la cara y los demás lo notan. Eso lleva a preguntarse si sirve para comunicar algo, y algunos investigadores creen que sí.

Una teoría evolutiva: el enojo como forma de negociar

Los psicólogos evolutivos Aaron Sell, John Tooby y Leda Cosmides propusieron en 2009 la «teoría de la recalibración». Según la teoría, el enojo podría funcionar como un mecanismo moldeado por la selección natural que ayuda a negociar conflictos de intereses: la persona enojada da a entender que, si no cambia el trato, el otro saldrá perdiendo, ya sea porque le va a costar algo o porque dejará de recibir algo bueno [3].

Pusieron a prueba once predicciones de la teoría con adultos. Por ejemplo, las personas con más capacidad de imponerse (las más fuertes) o de ofrecer algo valioso (las que, según el estudio, tenían más atractivo físico) tenían más tendencia a enojarse y a sentir que merecían mejor trato; el efecto de la fuerza era mayor en los hombres y el del atractivo, en las mujeres [3]. Los autores informan de que las predicciones se cumplieron.

Pero es una teoría, no un hecho cerrado, y se probó con adultos. No sabemos si explica igual el enojo de una niña o un niño, y no dice que el enojo tenga una única causa.

¿Se pasa el enojo en unos segundos? La duda sobre «el pico de seis segundos»

En español se oye mucho «cuenta hasta diez». En Japón circula una versión parecida: dicen que el pico de la rabia dura unos seis segundos, así que basta esperar ese tiempo. Un investigador japonés, Nobuyuki Kawai, de la Universidad de Nagoya, escribió en 2017 que no encuentra base científica para esa cifra [4].

Según cuenta, en experimentos de su equipo provocaron enojo mientras medían ocho respuestas del cuerpo (entre ellas, actividad cerebral, latidos del corazón y cambios en la circulación de la sangre). Según Kawai, ninguna de las ocho respuestas corporales medidas mostró una disminución durante los tres minutos del registro [4].

Tres precisiones importantes. Primero, Kawai no dice que contar sea inútil: critica la cifra de «seis segundos» como explicación. Segundo, esto viene del artículo de un solo investigador, no de una revisión de muchos estudios. Y tercero, se midió un enojo provocado en laboratorio, que no tiene por qué parecerse a lo que sientes en una discusión de verdad. Contar hasta diez puede servir como pausa para no responder de golpe, aunque el enojo siga ahí unos minutos más.

Cómo puedes observar tu propio enojo, sin obligarte a nada

En clases y materiales de educación emocional suele decirse que, debajo del enojo, hay otras emociones como la tristeza, la decepción o la preocupación. Es una explicación que se usa para enseñar, no una ley comprobada en experimentos, y no siempre será cierta. Sirve, eso sí, como pista para mirar.

Si quieres probar, la próxima vez que sientas ese «¡ay, no!» puedes anotar en un cuaderno, una cosa por línea: qué te estorbó, qué sentías justo antes y si notas algo distinto en el cuerpo después de contar un rato. Si un día no quieres escribir, no pasa nada. Y si algo te pesa mucho, cuéntaselo a una persona adulta de confianza.

Fuentes consultadas

Los tres estudios científicos (1, 2 y 3) se leyeron solo en su resumen publicado; no se accedió al texto completo. El artículo de Kawai (4) se leyó completo, pero está en japonés y es la opinión de un investigador, no un estudio revisado por pares: por eso la duda sobre los seis segundos se presenta como su crítica y no como un resultado establecido. No encontramos fuentes en español equivalentes a la de Kawai.

  1. Pemberton Roben et al., «Let Me Go: The Influences of Crawling Experience and Temperament on the Development of Anger Expression», Infancy 17(5), 558-577 (2012). https://pure.psu.edu/en/publications/let-me-go-the-influences-of-crawling-experience-and-temperament-o/ (solo resumen; 20 bebés, visitas a las 2 y 6 semanas de gateo)
  2. Carver y Harmon-Jones, «Anger is an approach-related affect: evidence and implications», Psychological Bulletin 135(2), 183-204 (2009). https://europepmc.org/article/MED/19254075 (solo resumen: enojo y sistema de acercamiento, ansiedad y sistema de evitación)
  3. Sell, Tooby y Cosmides, «Formidability and the logic of human anger», PNAS 106(35), 15073-15078 (2009). https://europepmc.org/article/MED/19666613 (solo resumen: teoría de la recalibración y once predicciones)
  4. Nobuyuki Kawai (Universidad de Nagoya), artículo en la revista «Hon» de Kodansha, octubre de 2017, publicado en gendai.media. https://gendai.media/articles/-/52951 (texto completo, en japonés; ocho mediciones del cuerpo, tres minutos, crítica a los seis segundos)

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