Este sitio es solo una puerta de entrada

Todo lo que hay aquí viene de cosas que otras personas investigaron, pensaron y construyeron de verdad: libros, artículos, registros históricos y la gente detrás de ellos. Si algo te llama la atención, ve a las fuentes originales que aparecen al final de la página. Tienen mucha más profundidad de la que una página como esta puede ofrecer.

¿Cómo saben los animales qué comida es peligrosa? Un chile que las aves comen y los ratones rechazan

Categoría: Seres vivos

En el desierto del sur de Arizona crece una planta de chiles pequeños y rojos, el chiltepín, que es pariente silvestre de los chiles que se comen en México. Unos investigadores los vigilaron con cámaras de video y vieron que solo los comían las aves. Las ratas de campo y los ratones de cactus los evitaban por completo [1]. Si el chile es el mismo, ¿por qué para unos animales es comida y para otros no? Y, en general, ¿cómo averigua un animal si algo es peligroso antes de que le haga daño? Este artículo reúne tres pistas que usan los animales, y muestra que «veneno» no significa lo mismo para todos.

1. Por qué el mismo chile es comida para un ave y una amenaza para un ratón

La respuesta corta es que el picante no les afecta igual. Los chiles pican por una sustancia llamada capsaicina. Según el equipo de la Universidad de Florida, los mamíferos son sensibles a ella y las aves no [1].

Para comprobar que la capsaicina era la causa, los investigadores buscaron un chile de tamaño, forma y valor nutritivo parecidos, pero que por una rareza genética no tiene capsaicina. En el laboratorio, ratas, ratones y aves se lo comieron sin problema. Cuando cambiaron ese chile por el picante, las aves siguieron comiendo y los roedores ni lo probaron [1].

Esto también le conviene a la planta. Las aves expulsan las semillas enteras, todavía capaces de germinar. Los roedores las muelen con los dientes, y las pocas que sobreviven quedan demasiado dañadas para nacer [1]. Es decir: lo que para el ratón es una señal de «no comer» para el ave es una invitación, y la planta sale ganando. Esto se estudió en este chile y en este lugar, y no hay que extenderlo sin más a todas las plantas.

Queda la pregunta de fondo: ¿cómo se entera el ratón de que algo le conviene evitar? Veamos la primera pista.

2. El sabor amargo: una alarma que casi todos los vertebrados llevan en la lengua

En los vertebrados, el sabor amargo lo detectan unos receptores llamados TAS2R, que están en la superficie de las papilas gustativas y vigilan lo que entra en la boca. Según una revisión científica, el sabor amargo avisa de la presencia de toxinas, sobre todo de las sustancias con las que las plantas se defienden de quienes se las comen, y así ayuda a los animales a evitarlas [2].

Es una alarma útil, pero no perfecta. La misma revisión señala que su valor protector se ha reducido en los humanos actuales porque nuestra comida suele ser segura y abundante [2]. Una alarma que suena no equivale a un veneno comprobado: por eso tantas personas disfrutan de cosas amargas, como el café.

¿Todos los animales tienen la misma cantidad de «sensores» amargos? No, y eso nos lleva a una comparación muy curiosa.

3. Cuántos sensores amargos tiene un animal según lo que come

El ornitorrinco y la equidna son los únicos mamíferos que ponen huevos; ambos viven en Oceanía. Un equipo de la Universidad de Hokkaido y otras instituciones analizó sus receptores amargos y publicó el resultado en 2022. Antes se sabía que tienen muy pocos genes de este tipo: 7 el ornitorrinco y 3 la equidna, frente a 26 en el ser humano [3].

Aun así, hay una diferencia clara. El ornitorrinco, que come animales muy variados bajo el agua, detectó 18 de las 24 sustancias amargas probadas, y uno solo de sus receptores reconocía la mitad de ellas. Los autores creen que probablemente usa el sabor amargo, junto con otros sentidos, para decidir qué comer. La equidna, que se alimenta sobre todo de hormigas y termitas, no tiene ese receptor «todoterreno» y detecta menos sustancias [3]. Se interpreta como una adaptación a la dieta: el equipo plantea que, con una dieta tan limitada, el sabor amargo pesa menos. Es una explicación posible, no una prueba cerrada.

Lo más llamativo es que ambos conservan los receptores que detectan unos compuestos venenosos de las plantas. Como la separación entre este grupo y los demás mamíferos ocurrió hace casi 200 millones de años, los autores sugieren que esa capacidad es muy antigua [3]. Fíjate: aunque la dieta cambie, la alarma contra los venenos vegetales se queda.

Pero hay venenos que el sabor no revela a tiempo. Para esos, los animales tienen una segunda pista.

4. Recordar el sabor de lo que nos cayó mal, aunque el malestar llegue horas después

Cuando a una persona le cae mal una comida, suele no querer volver a probarla. Los animales hacen algo parecido, y los psicólogos lo llaman aversión condicionada al sabor. Una enciclopedia de psicología cuenta cómo empezó la pregunta con Charles Darwin, a quien le intrigaban las orugas de colores llamativos que se dejaban ver por todas las aves. Años después Alfred Russel Wallace propuso que tenían mal sabor y quizá eran tóxicas, y que los colores servían de advertencia. Las investigaciones posteriores lo apoyaron: tras una o dos pruebas, las aves aprenden a evitarlas [4].

Los experimentos con animales de laboratorio añadieron dos sorpresas. La primera es que el sabor se asocia con el malestar mucho más fácilmente que una luz o un ruido. La segunda es que no hace falta que el malestar llegue de inmediato: puede tardar varias horas, y con una sola vez basta para que el animal rechace ese sabor [4]. La fuente habla de intervalos de hasta seis a ocho horas en las pruebas de laboratorio; en la naturaleza el tiempo puede variar.

Así un animal puede aprender de una mala experiencia incluso sobre sustancias que su lengua no sabe reconocer. ¿Y qué pasa cuando lo que se recuerda no es el sabor, sino el aspecto?

5. La mariposa monarca: aprender a evitarla con la vista, y los animales que la resisten

La mariposa monarca se alimenta de plantas llamadas algodoncillos, que contienen glucósidos cardíacos. La mariposa los acumula sin sufrir daño, pero para muchas aves saben amargos y pueden provocar vómito [5]. Un biólogo, Lincoln Brower, llegó a fotografiar a un arrendajo azul vomitando después de comerse una monarca. Algunos depredadores aprenden de esa mala experiencia y, en adelante, evitan las monarcas; otros las picotean o mordisquean un poco para «medir» cuánto veneno tienen, y si saben «limpias» se las comen [5]. Así, el recuerdo de un sabor desagradable se convierte en algo que se reconoce a distancia.

Sin embargo, el veneno de un animal no es veneno para todos. Esas toxinas bloquean la bomba de sodio y potasio, que ayuda a que el corazón lata y a que los nervios envíen señales; en los humanos y los caballos pueden causar un paro cardíaco si se consumen en cantidad suficiente [6]. Aun así, el picogrueso de cabeza negra, un ave migratoria, se alimenta de monarcas en los bosques de México donde pasan el invierno. Según un estudio de la Universidad de California en Berkeley, este ave y otros tres organismos que comen monarcas desarrollaron cambios genéticos en esa bomba, parecidos a los de la propia mariposa, que los protegen de la toxina [6].

Es el mismo mensaje que el del chile del principio: que algo sea venenoso depende de quién lo coma.

6. Qué respuesta damos a la pregunta del principio

Los animales no tienen un detector único de venenos. Combinan un aviso que traen de nacimiento, el sabor amargo, con lo que aprenden de los malos ratos y con lo que reconocen a simple vista. Ninguna de estas pistas es infalible, y el sabor amargo puede dar falsas alarmas. Además, lo que cuenta como peligro cambia según el animal: el ratón huye del chile que el ave se come, y el picogrueso se come lo que le sentaría muy mal a un caballo. En esta página no entramos en otras pistas que los científicos han estudiado, como la cautela ante alimentos nuevos, porque no pudimos comprobarlas en las fuentes que leímos.

7. Cómo seguir investigando con seguridad

Con ayuda de un adulto, prueba un poquito de alimentos amargos que haya en casa, como el pomelo (toronja), la endibia o el cacao puro, y apunta cuáles te parecen más amargos y cuáles te gustan a pesar de todo. Pregúntate por qué algo que «avisa» puede gustarte. Si ves aves comiendo frutos en un parque, obsérvalas desde lejos y anota los colores. No toques ni pruebes frutos que no conozcas: algunos son peligrosos para las personas. Y no les des chile a los animales para ver qué pasa.

Para leer más, la nota de la Universidad de Florida sobre el chiltepín es corta y se entiende bien, y la de Berkeley sobre las monarcas incluye una gráfica muy clara.

Fuentes

Los datos sobre el chile, las monarcas y el ornitorrinco provienen de notas de prensa de las propias universidades. La alarma del sabor amargo y el aprendizaje del malestar se apoyan en una revisión científica y una enciclopedia. Se usaron solo las cifras que aparecen en esas fuentes.

  1. Universidad de Florida, «For peppers, “hot” quite literally the spice of life, UF research shows» (2001), sobre el trabajo de Tewksbury y Nabhan publicado en Nature https://archive.news.ufl.edu/articles/2001/07/for-peppers-hot-quite-literally-the-spice-of-life-uf-research-shows.html (Leída completa. El artículo original de Nature no se pudo leer.)
  2. Wooding, Ramirez y Behrens, «Bitter taste receptors: Genes, evolution and health», Evolution, Medicine, and Public Health (2021) https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8830313/ (Leídos el resumen y la introducción; el resto del artículo no se revisó.)
  3. Universidad de Hokkaido, nota de prensa del 10 de junio de 2022 sobre el sabor amargo del ornitorrinco y la equidna (en japonés; trabajo publicado en Molecular Biology and Evolution) https://www.hokudai.ac.jp/news/pdf/220610_pr2.pdf (Leída la mayor parte; los números de genes y sustancias vienen de esta nota.)
  4. «Taste Aversion and Preference Learning in Animals», Encyclopedia of Psychology https://www.encyclopedia.com/psychology/encyclopedias-almanacs-transcripts-and-maps/taste-aversion-and-preference-learning-animals (Leída la primera parte; es una fuente de consulta, no un estudio original.)
  5. Science Friday, «The Case Of The Barfing Blue Jay» (2013) https://www.sciencefriday.com/articles/the-case-of-the-barfing-blue-jay/ (Leída completa; es un texto breve de divulgación.)
  6. Berkeley News, «What it takes to eat a poisonous butterfly» (2021), sobre un estudio de Current Biology https://news.berkeley.edu/2021/11/22/what-it-takes-to-eat-a-poisonous-butterfly/ (Leída la primera parte, hasta la sección sobre la resistencia en la cadena alimentaria.)

Historial de cambios

  • Primera publicación.