1. Por qué la bobina sigue girando y el sedal se enreda
En este tipo de carrete, la bobina donde se enrolla el sedal gira al lanzar. El señuelo sale volando, tira del sedal y hace girar la bobina; así sale solo lo necesario [1].
El problema aparece cuando el señuelo pierde velocidad, por ejemplo por el rozamiento del aire o al tocar el agua. Entonces ya casi no tira del sedal. Pero la bobina tiene inercia, la tendencia de todo objeto en movimiento a seguir moviéndose, y sigue girando. Suelta más sedal del que el señuelo se lleva, y ese sedal sobrante forma bucles y nudos dentro del carrete. Eso es el backlash. Las descripciones técnicas de este problema, por ejemplo en las patentes de carretes, coinciden en esta idea: la bobina gira más rápido de lo que sale el sedal [1].
Una forma sencilla de imaginarlo es una bicicleta cuesta abajo cuando dejas de pedalear: la rueda sigue girando un buen rato. Con un señuelo ligero, el efecto se nota más, porque tira menos del sedal. Por eso el pescador suele rozar la bobina con el pulgar para frenarla a mano, y por eso los fabricantes buscaron frenos que lo hicieran solos.
2. De dónde viene este tipo de carrete: el relojero de Kentucky
Esta forma de carrete, con la bobina que gira para soltar el sedal, tiene una historia larga. Según la entrada de Wikipedia sobre George W. Snyder, un relojero y platero de Paris, Kentucky (Estados Unidos), se le atribuye haber inventado en 1820 el primer carrete de pesca fabricado en ese país. Habría hecho su primer carrete hacia 1810, para uso propio. Esta fecha viene solo de esa enciclopedia, así que conviene tomarla como lo que se cuenta, no como algo medido [2].
Snyder no tenía patente ni marca, y su diseño, llamado «carrete de Kentucky», fue copiado por otros artesanos, hábiles con engranajes y piezas pequeñas gracias a su oficio de joyeros [2]. Según esa misma entrada, aquellos carretes multiplicaban las vueltas de la bobina, lo que ayuda a lanzar y recoger deprisa. Pero esa velocidad también podía provocar enredos si la bobina se desbocaba. El pulgar del pescador fue, durante mucho tiempo, el único freno.
3. El primer gran remedio: un freno que se activa solo cuando la bobina gira muy rápido
Hacia mediados del siglo XX, la empresa sueca Abu presentó su carrete Ambassadeur, que llegó a Estados Unidos en 1954 [3]. Varias páginas de historia del material de pesca sitúan su origen en 1952 y asocian los carretes de esa familia con un freno centrífugo; no pudimos confirmar en una fuente primaria que fuera el primero de su clase, así que lo presentamos como lo habitual en esa época.
El freno centrífugo aprovecha una idea sencilla: unas piezas pequeñas, como pesas, giran junto con la bobina y, por la fuerza centrífuga, se separan del centro y rozan una pared interior. Cuanto más rápido gira la bobina, más fuerte es el roce, y cuando la bobina se frena, el freno afloja. Así actúa con más fuerza cuando la bobina gira rápido, y eso ayuda a controlar el exceso de giro durante el lanzamiento. Este tipo de mecanismo se describe en la literatura técnica sobre carretes de forma parecida [1].
4. El segundo remedio: frenar la bobina con imanes, sin tocarla
Una bobina de metal que gira cerca de un imán se frena sola, porque el movimiento genera pequeñas corrientes en el metal que se oponen al giro (se llaman corrientes de Foucault o corrientes inducidas). No hay roce entre piezas. Una patente estadounidense de 1986 sobre un carrete con freno magnético lo describe como un sistema que amortigua la bobina y lo mejora con fibras que alteran el aire dentro del campo magnético [1]. En el propio documento se cita una publicación japonesa de 1983 sobre el mismo tema, señal de que varias empresas trabajaban en ello en esos años.
La empresa japonesa Daiwa afirma en su sitio que desarrolla frenos de inducción electromagnética sin contacto desde 1982, y que su sistema actual, llamado MAGFORCE, es el más sencillo de esa línea. Según la empresa, un rotor fijo gira dentro de un campo magnético y las corrientes inducidas producen una fuerza contraria al giro [4]. Es información del propio fabricante: no encontramos pruebas independientes que midan cuánto reduce los enredos.
5. Cómo comprobar la inercia tú mismo
No necesitas un carrete. Pasa un lápiz por el agujero de un rollo de cinta o de hilo grueso, sujeta el lápiz por los extremos con una mano y tira del hilo con la otra con un tirón rápido; luego deja de tirar de golpe. Verás que el rollo sigue girando y suelta hilo de más. Es el mismo principio, en pequeño. Prueba con un rollo ligero y con otro más pesado y compara.
Si quieres seguir investigando, busca «corrientes de Foucault» o cómo se anuncian hoy los frenos de los carretes en los catálogos de los fabricantes. Fíjate en qué dicen que hacen y qué no pueden demostrar con números.