1. La caja torácica: una jaula de huesos que protege y también se mueve
Pon una mano sobre el centro del pecho y toca suavemente: notarás un hueso duro, el esternón. Por detrás hay una fila de vértebras torácicas; las costillas unen esas vértebras con la parte delantera del pecho y rodean el tórax como los barrotes de una jaula. Un diccionario médico de la Clínica Universidad de Navarra la describe así: doce pares de costillas, el esternón y doce vértebras torácicas [2].
Fíjate en el detalle: son doce pares, es decir, 24 costillas en total, no doce [2]. Los siete primeros pares se unen directamente al esternón, y los dos últimos son cortos y no llegan a él por delante [3].
Si solo hiciera falta proteger, una placa sólida de hueso sería más resistente. Pero esta jaula tiene dos trabajos: proteger los órganos vitales y permitir los movimientos de expansión y retracción que hacen posible la ventilación de los pulmones [2]. Por eso está hecha de piezas que se mueven.
2. Cómo entra el aire: el tórax se ensancha y los pulmones lo siguen
El músculo más importante para inspirar es el diafragma, una lámina con forma de cúpula bajo los pulmones. Al contraerse baja y agranda el espacio del tórax. Los músculos intercostales y los del cuello ayudan a mover la caja torácica [1].
Una forma sencilla de imaginarlo (es una comparación nuestra, no de la fuente): los pulmones son como un globo dentro de una caja cuyas paredes se separan. Nadie sopla el globo; la caja se ensancha, los pulmones se expanden y el aire entra.
Nada de esto lo decides tú a cada respiración. El centro respiratorio, situado en la parte baja del cerebro, controla la respiración de forma involuntaria, y por eso sigues respirando mientras duermes [1]. Sí puedes cambiarla a voluntad durante un rato, por ejemplo al aguantar el aire.
3. Cómo sale el aire: en reposo, casi sin esfuerzo
Si respirar hacia dentro exige músculos, ¿pasa lo mismo al soltar el aire? No necesariamente. La espiración suele ser pasiva cuando no se hace esfuerzo: los pulmones y la pared del tórax se estiraron al inspirar y, al relajarse los músculos, recuperan su forma por elasticidad. Por eso, en reposo, casi no hace falta esfuerzo para espirar [1].
Es parecido a soltar una banda elástica que habías estirado. Esa comparación es nuestra, pero la idea viene de la fuente.
Hay una condición importante: durante el ejercicio intenso sí participan ciertos músculos en la espiración [1]. Así que «soltar el aire nunca usa músculos» sería una exageración; lo correcto es «en reposo, casi no hace falta».
4. El corazón: una bomba que trabaja entre los dos pulmones
En el mismo espacio hay otro habitante que no descansa. El corazón está en el centro del pecho, cerca de los pulmones, y tiene cuatro cámaras rodeadas de músculo [4]. Su trabajo es mover la sangre: la que lleva poco oxígeno la envía a los pulmones, y la que vuelve oxigenada sale hacia el resto del cuerpo [4].
La región central del tórax, entre un pulmón y otro, se llama mediastino. No es un órgano, sino un espacio que contiene el corazón, el timo, ganglios linfáticos, la tráquea y el esófago [3]. Su límite inferior es el diafragma [3].
¿Cuánto trabaja? En un adulto sano y en reposo, el corazón late entre 60 y 100 veces por minuto. La cifra cambia con la edad, la condición física, el sueño, el ejercicio o los nervios [5]. Un deportista entrenado puede tener entre 40 y 60 latidos sin que sea una enfermedad [5]. Por eso conviene pensar en un rango y no en un número fijo.
5. Los alvéolos: donde el aire y la sangre se encuentran
La sangre que impulsa el corazón llega a los pulmones y recorre unos vasos finísimos, los capilares, pegados a los alvéolos, que son pequeñas bolsas de aire. Entre el aire y la sangre solo hay una barrera de unas 1 micra de grosor, es decir, una milésima de milímetro. Las células que revisten los alvéolos y los capilares forman una sola capa [6].
Por esa pared tan delgada pasa el oxígeno de los alvéolos a la sangre, y el dióxido de carbono hace el camino contrario, hacia los alvéolos, para salir al espirar [6]. En reposo, cada minuto pasan a la sangre unos 0,3 litros de oxígeno, y sale un volumen parecido de dióxido de carbono [6].
Así se completa el reparto: la jaula y el diafragma mueven el aire, el corazón mueve la sangre y los alvéolos las ponen en contacto. Protección, ventilación y circulación comparten un mismo espacio pequeño.
6. Compruébalo con tus propias manos
Coloca las dos manos a los lados de las costillas e inspira despacio: notarás cómo se separan hacia afuera. Al soltar el aire con calma, sin empujar, verás que las costillas vuelven solas a su sitio.
Luego busca tu pulso en la muñeca o en el cuello y cuenta los latidos durante un minuto. Repite después de caminar un poco a un ritmo cómodo, si te sientes bien, y compara: el número cambia. Si te mareas o te incomoda algo, para y respira con normalidad.
Para seguir leyendo, el Manual MSD (versión para público general) tiene páginas claras sobre el control de la respiración y el intercambio de gases; son buen punto de partida para preguntar qué pasa cuando corremos o cuando aguantamos el aire.