1. La «Я» no es una R volteada: viene de una letra antigua y cambió al escribirse a mano
El ruso, el ucraniano, el búlgaro y otras lenguas se escriben con alfabetos cirílicos, que tienen pequeñas diferencias entre sí. La «Я» es la forma «civil» de una letra antigua llamada yus pequeño («ѧ»), que representaba una vocal nasal. Con el tiempo, entre los eslavos orientales esa letra pasó a escribir el sonido «ya» [1].
Según Wikipedia, su forma actual apareció en la escritura cursiva rápida del ruso antiguo: la pata izquierda de la «ѧ» se fue acortando hasta desaparecer, y el pie de la pata central se desplazó hacia la izquierda. El resultado es la «я», y ese resultado se parece a una R reflejada. Cuando el zar Pedro I encargó modelos de letra civil, retiró las otras formas parecidas y dejó solo la «я», que es la que hoy usa el ruso [1].
Así que el parecido con la R es una coincidencia, un efecto secundario de muchos años de escritura a mano.
2. La «И» tampoco es una N al revés: es una eta griega cuya raya central giró
El alfabeto cirílico se creó en el siglo IX a partir del alfabeto griego, con ayuda de algunas letras propias para los sonidos del eslavo [2]. La «И» viene de la eta griega («Η»). Hasta el siglo XIII, la «И» cirílica tenía la misma forma que la «Η» griega: dos rayas verticales unidas por una horizontal.
Más tarde, según ese mismo artículo, la raya del medio giró en sentido contrario a las agujas del reloj, y la letra quedó con una diagonal que recuerda a una N reflejada [2]. De nuevo, la semejanza llegó después, sin que nadie copiara la N.
Esta semejanza es tan notoria que se usa a propósito para imitar el aspecto del ruso en carteles o logotipos, aunque no sean rusos de verdad [2].
3. Por qué la vista tiende a tratar un objeto y su reflejo como lo mismo
Si pones una taza a la izquierda o a la derecha de la mesa, sigue siendo la misma taza. Para reconocer objetos, es muy útil ignorar si están volteados de izquierda a derecha. Los investigadores llaman a esta tolerancia «generalización especular», y se ha descrito en el sistema visual humano y en el de otros primates [3].
Con las letras, sin embargo, esa ventaja se convierte en estorbo. La b y la d son la misma forma volteada, pero son letras distintas; lo mismo ocurre con la p y la q. Por eso, quien aprende a leer con el alfabeto latino tiene que volverse cada vez más sensible a la orientación de las letras, sin perder la tolerancia al espejo que necesita para reconocer objetos [3].
En otras palabras: no es que no veamos la diferencia. Es que el cerebro empieza con la costumbre de tratar el espejo como lo mismo, y leer lo obliga a cambiar esa costumbre solo para las letras.
4. Aprender a leer cambia la forma de mirar las letras en espejo
Un estudio publicado en 2016 por investigadores de Portugal y Bélgica comparó a 46 niñas y niños de 5 a 7 años, algunos todavía en preescolar y otros en primer grado de primaria. Les pedían decidir si dos formas eran iguales o no, mirando solo el aspecto de cada figura. Los de primer grado, que ya conocían las letras, tardaban más en responder cuando el par era una letra y su espejo, como b y d. Los de preescolar no mostraban ese retraso [4].
Los autores llaman a ese retraso «costo del espejo», y aparece junto con el conocimiento de las letras. Se notó solo en letras cuya orientación importa (como b-d), no en letras donde girar o voltear no crea otra letra [4]. Es una señal de que aprender a leer te enseña que, en una letra, hacia dónde mira sí importa.
Conviene ser prudente: este estudio es de niñas y niños portugueses con el alfabeto latino. No se probó con la «Я» ni con lectores de ruso.
5. Esa habilidad se aprende alfabeto por alfabeto
Si distinguir el espejo se aprende con las letras, surge una pregunta: ¿se transfiere automáticamente a un alfabeto nuevo? Un estudio de 2024 siguió a 181 niños y adultos cuya escritura nativa era la latina mientras aprendían la letra de imprenta hebrea. En general, trataban las letras hebreas en espejo como la misma letra con más frecuencia que las latinas, tanto al escribir como al reconocerlas. Los autores concluyen que la capacidad de distinguir el espejo en la escritura propia no se transfiere por sí sola a otra escritura que se aprende después [5].
Eso no quiere decir que alguien sea incapaz de notar el giro en un alfabeto desconocido; solo que no es automático.
Entonces, ¿qué pasa con la «Я»? Ningún estudio de los que consulté midió esto con lectores de ruso, así que lo que sigue es solo una posibilidad, no un resultado comprobado. Quizá quien no lee cirílico no tiene entrenado el ojo para esas letras, y por eso la «Я» le parece una R al revés, mientras que quien aprendió ruso la ve como una letra más, con su propio sonido. Aquí no se ha comprobado cómo la perciben los lectores de ruso.
6. Cómo comprobar con papel y luz que un espejo cambia una letra
Escribe una «b» grande con un rotulador oscuro en una hoja delgada. Voltea la hoja y mírala a contraluz, por ejemplo junto a una ventana con luz del día. Verás una «d». Si escribes una «p», aparecerá una «q». Con tus propios ojos ves que un simple reflejo puede hacer que una letra parezca otra.
Después, busca en un envase o en una página que ya conozcas unas letras de un alfabeto que no conozcas, y trata de encontrar dos que se parezcan mucho. Fíjate en cuál te cuesta más distinguir: esa duda dice algo sobre cómo entrenó tu ojo el alfabeto que sí conoces.
Si quieres seguir leyendo, la historia de la «Я» y la «И» está en las páginas de Wikipedia citadas abajo [1] [2], y los resúmenes de los estudios sobre niños y sobre el hebreo están en sus páginas originales, en inglés [4] [5].