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¿Por qué nos perdemos aunque creamos que caminamos en línea recta?

Categoría: El cuerpo

Imagina que caminas por el desierto o por un bosque, sin calles ni edificios. Mientras ves el sol, avanzas casi recto. Pero basta que una nube lo tape para que, según un estudio alemán, la gente empiece a caminar en círculos sin darse cuenta [1]. La causa no es que una pierna sea más larga que la otra: es que el sentido de «recto» se va desviando poco a poco. Y el cerebro tiene una especie de «GPS interior» que ayuda a corregirlo [2]. Veamos cómo funciona y qué pasa cuando dejamos que el GPS del teléfono piense por nosotros.

Sin sol ni puntos de referencia, caminamos en círculos sin notarlo

Mucha gente cree que, cuando alguien se pierde en el desierto o la selva, acaba dando vueltas en círculo. Sin embargo, esa idea se basaba sobre todo en anécdotas: nadie la había medido de forma sistemática en un desierto o un bosque de verdad [1].

Un equipo del Instituto Max Planck de Cibernética Biológica, en Tübingen (Alemania), lo comprobó. Varias personas caminaron durante horas en el desierto del Sahara (Túnez) y en el bosque de Bienwald (Alemania), con un GPS que registraba su recorrido. Resultado: solo pudieron mantener una línea recta mientras se veían el sol o la luna. Cuando el sol quedaba oculto tras las nubes y no había otra referencia, tendían a caminar en círculos sin notarlo [1].

Esto ayuda a responder a la pregunta del título: sin una referencia externa, nuestro cuerpo no parece capaz de mantener por sí solo la dirección, y por eso podemos desviarnos y perdernos. Las secciones siguientes explican por qué y qué hace el cerebro al respecto.

No es una pierna más larga: pequeños errores que se van sumando

La explicación más popular es que una pierna es más larga o más fuerte y por eso nos desviamos hacia un lado. Los investigadores la pusieron a prueba y no encajaba: las personas con los ojos vendados caminaban en círculos, algunos de menos de 20 metros de diámetro, pero la dirección del giro no era siempre la misma. La misma persona podía desviarse a la izquierda en un intento y a la derecha en otro [1].

Según el equipo, la causa más probable son pequeños errores al azar en las señales de los sentidos que nos informan de hacia dónde caminamos. Esos errores se acumulan con el tiempo y nuestra idea de «recto» se aleja poco a poco de la dirección real [1]. Marc Ernst, uno de los investigadores, señaló que podemos sentirnos seguros de caminar rectos aunque nuestra percepción no sea fiable, y que para mantener la línea hacen falta estrategias más cognitivas, como fijarse en una referencia fiable (una torre o una montaña lejanas, o la posición del sol) [1].

Una forma sencilla de imaginarlo (es una comparación nuestra, no del estudio): es como dibujar una línea con los ojos cerrados. Cada trazo se desvía un poquito y, al final, la línea se curva. Una referencia visual permite corregir el rumbo antes de que los errores se acumulen.

El «GPS interior» del cerebro: células que registran dónde estamos

Si el cuerpo solo no basta, ¿cómo sabemos dónde estamos? El cerebro tiene su propio sistema de posicionamiento. En 1971, John O’Keefe descubrió que, en una zona del cerebro llamada hipocampo, ciertas neuronas de una rata se activaban siempre que el animal estaba en un lugar concreto de una sala. Otras se activaban en otros lugares, así que O’Keefe concluyó que estas «células de lugar» formaban un mapa de la sala [2].

En 2005, May-Britt y Edvard Moser descubrieron otro tipo de neuronas, las «células de red» (grid cells), que generan una especie de sistema de coordenadas y permiten ubicarse con precisión y encontrar el camino [2]. Por estos descubrimientos, los tres recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina de 2014; el comité habló de un «GPS interior» del cerebro [2].

Ahora sabemos que el cerebro construye mapas. La siguiente pregunta es si esos mapas dependen solo de cómo nacemos o también de cómo los usamos.

Los taxistas de Londres: ¿el cerebro cambia al aprender una ciudad?

Un estudio publicado en el año 2000 comparó, con resonancia magnética, el cerebro de 16 taxistas de Londres (todos hombres, de 44 años de media) con el de 50 hombres que no conducían taxis. La parte posterior del hipocampo era mayor en los taxistas. Además, cuanto más tiempo llevaban trabajando como taxistas, mayor tendía a ser esa zona en el lado derecho, mientras que la parte anterior tendía a ser menor [3].

Los autores propusieron que el hipocampo posterior guarda una representación espacial del entorno y que los resultados eran compatibles con pequeños cambios de estructura asociados a la experiencia de navegar [3].

Conviene leerlo con cuidado: el estudio solo muestra una relación entre dos cosas y no permite asegurar que conducir hizo crecer el hipocampo. La muestra es pequeña y solo incluye hombres, y algunos resultados eran más débiles que otros. Tampoco significa que todos los taxistas tengan una orientación excelente. Aun así, es una pista de que usar el cerebro para orientarse podría dejar huella en él.

¿Debilita el GPS del teléfono nuestro sentido de la orientación?

Si practicar la orientación puede dejar huella, ¿qué pasa cuando dejamos que una aplicación lo haga por nosotros? En 2020, Louisa Dahmani y Véronique Bohbot estudiaron a 50 personas que conducían con regularidad y midieron cuánto habían usado el GPS a lo largo de su vida. Con tareas de navegación en entornos virtuales, comprobaron que quienes habían usado más el GPS tenían peor memoria espacial cuando debían orientarse por su cuenta, sin él [4].

Tres años después volvieron a evaluar a 13 de ellos: quienes más habían usado el GPS en ese tiempo mostraban una mayor disminución en una prueba de memoria espacial relacionada con el hipocampo. Además, las personas que usaban más el GPS no lo hacían porque sintieran que tenían mal sentido de la orientación, y por eso los autores sugieren que el uso del GPS podría ser la causa del deterioro y no al revés, aunque con una muestra tan pequeña no se puede asegurar [4].

Aun así, no se puede concluir que «el GPS daña el cerebro». El estudio no demuestra que el GPS cause cambios en el cerebro: los propios autores señalan que la muestra del seguimiento era pequeña (13 personas) [4]. Es un resultado interesante, pero todavía insuficiente para una conclusión definitiva.

Cómo entrenar tu mapa mental en el próximo paseo

Lo que sabemos hasta ahora se resume así: todos nos desviamos si solo contamos con el cuerpo, y el cerebro construye mapas que quizá se fortalecen con el uso. Esto último es una hipótesis razonable, no una certeza. Puedes probarlo con un experimento seguro:

  • Antes de salir a pasear con un adulto por un lugar que ya conoces, elige tres puntos de referencia (un edificio, un árbol, un letrero) y fíjate en su orden.
  • Al volver, mira hacia atrás: el mismo camino se ve muy distinto al revés.
  • En casa, dibuja el recorrido sin mirar un mapa, con los puntos de referencia en orden. Después compáralo con un mapa real y cuenta cuántos giros y puntos acertaste.

Seguridad: hazlo siempre con un adulto, en lugares conocidos y con luz de día. No camines con los ojos vendados ni cerrados: es peligroso y los estudios lo hicieron en espacios abiertos y con personal preparado.

Si te quedaste con ganas de más, los resúmenes del estudio de Max Planck [1] y del Nobel [2] están en inglés y son cortos; el artículo de los taxistas [3] permite revisar los números por ti mismo.

Fuentes

  1. Max-Planck-Gesellschaft, «Walking in circles» (comunicado de prensa sobre el estudio de Souman, Frissen, Sreenivasa y Ernst, Current Biology, 2009). https://www.mpg.de/596269/pressRelease200908171 (Leído el comunicado completo; no se pudo leer el artículo original, solo su ficha bibliográfica. El número de participantes no figura en el comunicado.)
  2. Asamblea Nobel del Instituto Karolinska, «The Nobel Prize in Physiology or Medicine 2014 – Press release». https://www.nobelprize.org/prizes/medicine/2014/press-release/ (Leída la parte inicial del comunicado, con las fechas y los descubrimientos de las células de lugar y de red.)
  3. Maguire et al., «Navigation-related structural change in the hippocampi of taxi drivers», PNAS, 2000. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC18253 (Leído el texto, a través de un resumen automático de la página; los números se tomaron de ese resumen y no se contrastaron con otra copia.)
  4. Dahmani y Bohbot, «Habitual use of GPS negatively impacts spatial memory during self-guided navigation», Scientific Reports, 2020. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7156656/ (Leído el resumen y la introducción; el resto del texto no se revisó.)