1. El celacanto: un pez que se creía extinto y apareció en una red
Los fósiles de celacantos más antiguos tienen entre 410 y 420 millones de años. Después, los fósiles desaparecen: durante mucho tiempo se pensó que el grupo se había extinguido a finales del Cretácico, hace unos 66 millones de años[1].
En 1938, Marjorie Courtenay-Latimer, conservadora de un museo local, vio el pez entre lo que había pescado un pescador cerca de la desembocadura del río Chalumna. Mandó dibujos al ictiólogo J. L. B. Smith, que respondió con un telegrama pidiendo conservar el esqueleto y las branquias[1]. En 1997, en un mercado de pescado de Manado (norte de la isla de Célebes, Indonesia), otro equipo reconoció una segunda especie, que se describió oficialmente en 1999[1]. Hoy hay dos especies vivas.
Un taxón que vuelve a aparecer en el registro fósil tras un largo intervalo sin hallazgos se llama «taxón Lázaro»; el celacanto vivo es el ejemplo más conocido[1]. Pero ¿quién empezó a hablar de «fósiles vivientes»?
2. ¿Quién inventó la expresión «fósil viviente»?
La usó Charles Darwin en El origen de las especies (1859), mucho antes de que se conociera al celacanto vivo. En el capítulo IV habla de formas «anómalas» de agua dulce, entre ellas el ornitorrinco y el pez pulmonado sudamericano, y escribe que «pueden casi llamarse fósiles vivientes» (en inglés, may almost be called living fossils). Según él, habían llegado hasta hoy por haber habitado un área reducida y haber estado expuestas a una competencia menos dura[2].
Fíjate en el «casi»: Darwin no afirmaba que esos seres fueran iguales a los de antes. Después, la expresión se aplicó a muchos otros: el tuátara de Nueva Zelanda, el nautilo, el ginkgo, el cangrejo herradura o la metasecuoya[3]. Elegimos dos casos con historias muy distintas, uno animal y otro vegetal.
3. El cangrejo herradura: ¿es un cangrejo y es igual que en la época de los dinosaurios?
No es un cangrejo. Pertenece a los quelicerados y está más emparentado con arañas, garrapatas y escorpiones; los especialistas todavía discuten su lugar exacto en el árbol de la vida[4]. Su sangre es azul porque transporta el oxígeno con hemocianina, una proteína con cobre. Con sus células sanguíneas se fabricó el reactivo LAL, usado para detectar toxinas bacterianas en pruebas médicas[4].
Hoy viven cuatro especies: una en la costa atlántica de América del Norte (Estados Unidos y México) y tres en Asia[4]. Hay fósiles de parientes suyos de hace unos 445 millones de años (Lunataspis) que ya se les parecen mucho[4].
En 2014, un equipo describió en Polonia central una especie fósil, Limulus darwini, de hace unos 148 millones de años. Sus autores concluyeron que no había diferencias morfológicas importantes entre esos fósiles y los ejemplares jóvenes actuales del mismo género. Por eso propusieron un término nuevo, «estabilomorfismo», para esa forma que se mantiene durante mucho tiempo[5]. Es una propuesta de ese estudio, no una palabra que todo el mundo use.
4. La metasecuoya: un árbol descrito primero como fósil y hallado después vivo en China
La metasecuoya es una conífera que pierde las hojas en otoño, algo raro entre los pinos y abetos. Según Wikipedia, el paleobotánico japonés Shigeru Miki creó el género Metasequoia («parecida a la secuoya») en 1941 a partir de fósiles[6]. Esa fecha y ese autor salen de esa fuente secundaria, que remite a la publicación original sin que la hayamos consultado.
Mientras tanto, en China, un profesor vio en el invierno de 1941 un árbol grande sin hojas en una aldea de la provincia de Hubei. Como no tenía hojas, no recogió muestras. En el verano de 1944, un técnico del servicio forestal chino recogió ramas con hojas y frutos, y creyó que era otra especie[7]. Más tarde se vio que era el género que Miki había descrito en fósiles[6].
En julio de 1947, el botánico Elmer Merrill envió dinero para recoger semillas y mandarlas al Arboreto Arnold, en Estados Unidos. Llegaron en dos envíos, en enero y febrero de 1948[7]. De ahí salieron árboles para jardines de todo el mundo. En la naturaleza, la especie está en peligro, y es la única que queda de su género[6]. Cuando conoces estas historias, surge una pregunta: ¿de verdad no han cambiado?
5. ¿Es verdad que los fósiles vivientes no cambian?
No del todo. Primero, tener la misma forma no significa ser el mismo animal. En 2013, un equipo secuenció el genoma del celacanto africano. Encontró que los genes que fabrican proteínas del celacanto evolucionan más despacio que los de animales terrestres (aproximadamente a la mitad de velocidad, según la versión del artículo que leímos), pero otras partes del genoma no muestran ese patrón[8]. Lo que se ve por fuera no resume todo lo que pasa por dentro.
Segundo, el celacanto no es «el antepasado de los animales con patas». El mismo estudio concluyó que los peces pulmonados, y no el celacanto, son los peces vivos más cercanos a los vertebrados terrestres[8]. Un animal actual nunca es un antepasado: es un primo que siguió su propio camino durante millones de años.
Tercero, según la Wikipedia en español, que no tiene fecha ni autor concreto para esta afirmación, un cambio pequeño no equivale a que la evolución se detenga: la selección natural puede mantener una forma que funciona bien, y el ADN sigue acumulando diferencias. También afirma que muchos biólogos evolutivos y paleontólogos usan poco la expresión[3]. Es una opinión que conviene comprobar en fuentes especializadas. Por eso, al ver «fósil viviente» en una noticia, lee la expresión como «se parece mucho a una forma antigua», y no como «no ha cambiado».
6. Cómo comprobar tú mismo si una noticia sobre «fósiles vivientes» es exacta
Busca la foto de un celacanto en un libro o en la página de un museo y compárala con un dibujo de un pez fósil de la misma época. ¿Qué se parece y qué no? Mira también la fecha: dice algo muy distinto «apareció en 1938» que «existe desde hace 400 millones de años». Si un texto afirma que una especie actual «no ha cambiado en millones de años», pregúntate qué parte midieron: la forma de los huesos, el tamaño o los genes. Y si puedes, abre el artículo original: los dos de acceso abierto o con resumen gratuito, el de Kin y Błażejowski y el de Amemiya y su equipo, están en inglés, pero se pueden leer con ayuda de un traductor o de una persona adulta.