Las plantas mordidas cambian de olor, y algunos insectos lo usan como pista
Cuando un insecto herbívoro se come una planta, ella suelta una mezcla de sustancias que se evaporan con facilidad. Los científicos las llaman volátiles inducidos por herbivoría. Muchos insectos depredadores y avispas parasitoides (avispas diminutas que ponen sus huevos dentro de otros insectos) las aprovechan para encontrar a sus presas. Un parasitoide, además, no es un depredador común: sus larvas crecen dentro de la víctima.
En un experimento de campo con el tabaco silvestre Nicotiana attenuata, los investigadores liberaron de forma artificial, una por una, algunas de esas sustancias. Tres de ellas (cis-3-hexen-1-ol, linalool y cis-α-bergamoteno) aumentaron la cantidad de huevos de herbívoros que se comían los depredadores[1]. Los autores calcularon que, con este tipo de olores, las plantas podrían reducir en más de un 90 % el número de herbívoros que las atacan. Ojo: es una estimación del estudio, no el resultado de proteger un cultivo[1]. Esa diferencia será importante más adelante.
Otro hallazgo sorprendente es que el olor también "avisa" a las vecinas. En frijol lima (Phaseolus lunatus), en las hojas sanas expuestas al olor de hojas atacadas por ácaros se activaron cinco genes de defensa. No ocurrió lo mismo con el olor de hojas dañadas solo con un corte artificial[2]. Es decir, el olor depende de quién muerde, no solo de que haya una herida.
Hasta aquí todo es la planta usando su propio olor. La pregunta de este artículo es otra: ¿qué pasa cuando lo ponemos nosotros?
En invernaderos de Kioto, olor artificial y miel redujeron a la polilla de la col a la mitad
Un equipo de la Universidad de Kioto y otras instituciones japonesas probó esta idea en invernaderos donde se cultivaba mizuna, una hoja verde de la familia de la col. La plaga era la polilla dorso de diamante (Plutella xylostella), una polilla cuyas orugas atacan a la col y a sus parientes en muchos países del mundo. El enemigo que querían atraer era Cotesia vestalis, una avispa parasitoide que ya vivía en los alrededores[3].
Hicieron dos cosas a la vez. Primero, un difusor con una mezcla artificial de cuatro sustancias del olor que sueltan las coles mordidas por esa polilla. Segundo, recipientes con miel para que las avispas, una vez atraídas, tuvieran qué comer y se quedaran en el invernadero[3]. En el artículo científico se informa que, durante dos años, la presencia mensual de la polilla fue significativamente menor en los invernaderos con el sistema que en los que no lo tenían. Cuando los adultos de la polilla aumentaban, también se registraron más avispas parasitoides en los invernaderos tratados[4].
El comunicado de la universidad resume el resultado como una reducción "a la mitad o menos". El resumen del artículo solo dice "significativamente menor", así que ese número concreto proviene del comunicado y habría que comprobarlo en el texto completo[3][4].
Hay que leerlo con cuidado: es un resultado de invernaderos de una zona de Japón, con una hortaliza de la familia de la col, una plaga y una avispa concretas. El olor no era un perfume cualquiera, sino una mezcla ajustada a esa plaga. ¿Funcionará igual al aire libre, con una sola sustancia?
En un campo de arándanos, el olor atrajo a aliados, pero también a plagas
Un grupo de investigadores en Estados Unidos probó, en arándanos rojos (cranberries), el salicilato de metilo, una de las sustancias que sueltan las plantas mordidas. Usaron difusores con esa única sustancia[5].
La buena noticia: las cámaras mostraron más visitas de mariquitas, moscas sírfidas y ácaros depredadores a los lugares con el difusor. Los investigadores habían puesto allí huevos de una polilla como "cebo de prueba". En ese experimento, la parte de huevos que se comieron los depredadores casi se duplicó, de 11,9 % sin difusor a 23,4 % con él[5].
La noticia incómoda: las trampas pegajosas con el difusor también atraparon más trips (aproximadamente un 22 % más en 2011 y un 33 % más en 2012, aunque la diferencia de 2012 no fue estadísticamente clara) y, en 2012, cerca de cinco veces más chinches de la familia Miridae[5]. O sea, un olor de este tipo no avisa únicamente a los aliados. Quien lea el olor puede ser un depredador, pero también una plaga.
Tampoco son números de cosecha. El 23,4 % mide huevos que los científicos colocaron a propósito, y las trampas cuentan insectos atrapados, no daño al cultivo[5]. Comparado con Kioto, aquí la mezcla era de una sola sustancia y no había comida para los aliados. Sería una hipótesis, no una conclusión del estudio, que eso explique la diferencia.
No todos los enemigos reaccionan igual, y hay "espías" que usan el mismo olor
Una razón por la que los resultados varían es que cada insecto lee el olor a su manera. Ian Kaplan, de la Universidad de Purdue, estudió otra complicación: los hiperparasitoides, insectos que parasitan a las avispas parasitoides. Según su trabajo, usan las mismas pistas de olor que las avispas y hasta distinguen si la planta está siendo mordida por una oruga que ya está parasitada, es decir, que contiene a su víctima[6].
Si eso ocurre de manera general, el olor no siempre beneficiaría a la planta, y también podría arruinar el plan de un agricultor que quiere reforzar el control biológico. Kaplan lo plantea como una posibilidad con consecuencias para la evolución de las defensas y para el manejo de cultivos, no como algo ya demostrado en todos los casos[6].
Si el olor puede ser leído por aliados, plagas y "espías", ¿hay otra manera de usarlo? Sí: en lugar de llamar a los aliados, empujar a las plagas fuera del cultivo.
En África oriental, dos plantas ayudan a mantener las plagas lejos del maíz
En Kenia, Uganda y Tanzania se usa un sistema llamado "push-pull" ("empujar y jalar"), desarrollado por el centro de investigación icipe junto con otras instituciones. Entre las hileras de maíz se siembra desmodio (Desmodium), una planta que repele a las plagas. Alrededor del campo se siembra pasto napier (Pennisetum purpureum), que las atrae. Las plagas son los barrenadores del tallo, orugas de polillas que perforan el maíz. Esta combinación también ayuda contra la maleza parasitaria Striga[7].
En 2015, icipe informó de una evaluación en 400 parcelas de agricultores de esos tres países. Quienes usaban la versión del sistema adaptada al cambio climático cosecharon en promedio 4 toneladas de maíz por hectárea, frente a 1,5 toneladas de quienes no la usaban. Los barrenadores destruyeron cerca del 5 % del maíz con el sistema y cerca del 40 % sin él. En ese momento, unos 110 000 agricultores de África usaban push-pull[7].
Como el dato lo publica el mismo centro que desarrolló el método, conviene leerlo como un informe de la institución y no como una comparación independiente. Además, aquí el olor se usa para alejar y atraer plagas, no para llamar a sus enemigos, que es un tema distinto al de las secciones anteriores.
Qué mirar para saber si un olor de planta sirve en un cultivo
Los tres casos midieron cosas distintas: la presencia de la polilla en invernaderos (Kioto), los huevos comidos y los insectos atrapados (arándanos) y el maíz dañado (África oriental). Al leer una noticia sobre "plantas que llaman a sus guardaespaldas", conviene preguntar: ¿qué olor se usó, en qué cultivo, con qué plaga y qué se midió exactamente?
Para observar por tu cuenta: en un parque o en un jardín, mira desde un lugar seguro una hoja con marcas de mordiscos y, con una lupa, su cara inferior y los bordes. Quizás encuentres a quien la mordió, y puede que otro insecto pequeño ande cerca. No toques plantas desconocidas, orugas ni avispas, y no entres en campos de cultivo ajenos; mira desde lejos.
Si te quedaste con ganas de leer más, empieza por el resumen del artículo de Uefune y colaboradores (2020) sobre el invernadero de Kioto y por el artículo de Salamanca y colaboradores (2019), que está en acceso abierto. Comparar lo que midió cada uno es un buen ejercicio de lectura científica.