¿Por qué importa quién queda en el borde del grupo?
Los pingüinos emperador son las únicas aves que crían durante el invierno antártico. Los machos incuban el huevo y pasan semanas sin comer, así que cada gramo de grasa cuenta [1]. Para ahorrar energía se juntan en grupos muy apretados.
Un grupo así tiene dos zonas bien distintas. Los del interior están rodeados de cuerpos. Los del borde que miran hacia el viento reciben el aire helado de frente. Si el borde fuera siempre el mismo lugar con las mismas aves, esas aves pagarían el frío de todas las demás. La pregunta de este texto es cómo se evita eso, o si de verdad se evita.
Una explicación muy repetida es sencilla: las aves del borde se van turnando con las del centro. Suena razonable, pero conviene preguntarse qué muestran los estudios en lugar de aceptarla sin más.
Primero, juntarse ya ahorra mucha energía
Antes de hablar de turnos hay que entender qué se gana por estar en el grupo. Un equipo de investigación francés revisó medidas hechas con machos de pingüino emperador y comparó tres situaciones [4]:
- Aves aisladas.
- Aves sujetas en grupos pequeños de 5 a 10 individuos, que no podían apiñarse bien. Gastaban un 39 % menos de energía que las aisladas, y un 32 % de ese ahorro se debía a la protección contra el viento.
- Aves libres, que podían moverse y apiñarse. Gastaban, en promedio, un 21 % menos que las de grupos pequeños.
Esos porcentajes se comparan con puntos de partida distintos, así que no se pueden sumar. Según la misma revisión, alrededor de dos tercios del ahorro, como estimación aproximada, se atribuyen a que menos superficie del cuerpo queda expuesta al frío, y un tercio al clima templado que se forma dentro del grupo [4]. Es como encogerse al estar con las rodillas pegadas al pecho: tienes menos piel al aire.
Esto responde a por qué se agrupan, pero no a quién queda fuera. Para eso hay que mirar cómo cambia el grupo con las horas.
El grupo no es un bloque fijo: las aves entran y salen
Durante mucho tiempo se imaginó el apiñamiento como una masa que permanecía unida durante semanas. Un estudio de 2006 puso registradores de temperatura pegados a las plumas de ocho aves marcadas, en una colonia de la Antártida, y siguió su vida durante la época de cría [1].
Lo que vieron fue otra cosa. Los machos pasaron en promedio el 38 % de su tiempo en grupos apretados, y cada episodio duró en promedio 1,6 horas (con mucha variación, desde pocos minutos hasta casi 12 horas). El grupo se forma, se deshace y se vuelve a formar. Aun así, las aves de ese estudio tuvieron un acceso parecido al calor del grupo [1].
El efecto es grande. Con una temperatura exterior media de −17 °C, la temperatura que sentían las aves dentro de los grupos superaba los 0 °C, y llegó a 37,5 °C en los momentos más apretados [1]. Son solo ocho aves en una colonia, por lo que no hay que tomarlo como regla para todos los pingüinos. Pero muestra que el reparto del calor se parece más a un vaivén constante que a una fila de turnos.
Una regla sencilla puede repartir el frío sin que nadie mande
¿Cómo puede repartirse bien el frío si ningún pingüino lleva la cuenta? Un estudio de 2012 lo probó con un modelo matemático [3]. Los autores pusieron las aves en una cuadrícula, con viento constante, y dieron a cada una una sola regla: moverse para perder menos calor. Cuando un ave del borde queda muy expuesta al viento, pasa al lado protegido.
El resultado, según el artículo, es que todas las aves acabaron con un acceso casi igual al calor del grupo, aunque ninguna decidiera por las demás [3]. Ese modelo no incluye un orden ni un jefe: el reparto sale de muchas decisiones pequeñas y egoístas.
Hay que tener cuidado con lo que esto significa. Es una simulación, con simplificaciones que sus propios autores señalan: por ejemplo, el viento se trata en dos dimensiones, y los grupos que salen del modelo son más alargados que los reales. Demuestra que la idea es posible, no que los pingüinos funcionen así [3].
Una ola de pasitos recorre el grupo cada medio minuto
También se ha observado el movimiento real. En agosto de 2008, cerca de una estación alemana en la Antártida, un equipo filmó una colonia de unos 2.000 pingüinos a temperaturas de entre −33 y −43 °C [2]. Con una densidad de unos 21 animales por metro cuadrado, vieron algo inesperado: cada 30 a 60 segundos, todas las aves daban un paso corto, de 5 a 10 centímetros, y ese paso viajaba por el grupo como una ola, a unos 12 centímetros por segundo [2].
¿Es esta ola el famoso turno? No exactamente. Los autores proponen otras funciones: que el grupo se apriete al máximo (como cuando golpeas suavemente un recipiente con granos para que se asienten), que avance como un todo y que se reorganice poco a poco. Es decir, la ola evita que el grupo se atasque [2]. Los pasitos pueden contribuir a mover aves de un lugar a otro, pero ese estudio no demuestra que sirvan para repartir el frío del borde.
¿Entonces hay turnos? Lo que se sabe y lo que falta
Si juntamos lo que dicen los estudios, la imagen es esta. Juntarse reduce la superficie expuesta y suaviza el clima del grupo. El grupo cambia con las horas y las aves tienen un acceso parecido al calor. Un modelo sencillo muestra cómo podría lograrse sin jefe. Y una ola de pasitos podría ayudar a mantener el grupo compacto.
Lo que no encontré en estos trabajos es una observación directa de aves concretas que cambien de lugar siguiendo un orden. Por eso "se turnan" funciona mejor como descripción del resultado que como un acuerdo entre pingüinos. Esa frase aparece en divulgación general, por ejemplo cuando se explica que los animales cambian de posición para que los expuestos pasen a zonas más cálidas [5]. Es una buena primera idea, y los estudios la matizan.
Una prueba pequeña que puedes hacer en casa
No puedes visitar una colonia, pero sí comprobar la idea de la superficie expuesta. Elige una habitación agradablemente fresca, nada fría, y siéntate unos 30 segundos con los brazos y las piernas bien abiertos. Luego repite abrazándote las rodillas y pegando los brazos al cuerpo. Fíjate en qué postura notas menos el aire en la piel. Si sientes frío o incomodidad, termina enseguida y abrígate.
Fíjate también en que, aun encogido, el lado que da al aire sigue siendo el más fresco. Algo parecido les pasa a las aves del borde: seguir expuesto es inevitable, y la pregunta es quién lo está.