1. Muchas praderas se mantienen abiertas gracias a las personas
Si dejas un campo sin segar ni pastorear durante unos años, no se queda igual: crecen matas, luego arbustos y, con el tiempo, árboles. Para que siga siendo una pradera, algo tiene que frenar a las plantas leñosas. Durante mucho tiempo ese «algo» fue el ganado que comía la hierba y las personas que la cortaban. Un pasto así no es salvaje del todo ni está plantado del todo: por eso se habla de pasto seminatural.
En España hay un ejemplo bien estudiado en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en el Pirineo. Un proyecto del Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC) describe allí una «matorralización» actual, es decir, el avance de arbustos sobre los pastos, y la relaciona con la menor presión del ganado y con el calentamiento del clima [1]. Los investigadores incluso estudiaron si el pastoreo y las quemas controladas podían ayudar a conservar el suelo y los pastos [1]. La idea de fondo: una pradera abierta puede depender de un trabajo humano que se repite año tras año. Y si el pasto cambia, ¿qué les pasa a los animales que viven en él?
2. Una mariposa japonesa creció con las praderas y ahora se está quedando sin ellas
Para ver esa relación en un animal concreto, un equipo japonés estudió una mariposa de pastizales llamada Melitaea ambigua, en peligro en Japón. Con el ADN de las mariposas reconstruyeron cómo había cambiado el tamaño de sus poblaciones durante unos 10.000 años, y con otras señales del ADN siguieron los cambios de las últimas tres décadas [2].
El resultado fue que el tamaño efectivo de la población (una estimación genética de cuántas mariposas aportan a las generaciones siguientes) aumentó hace entre unos 3.000 y 6.000 años. Después, entre los años ochenta y la década de 2010, la diversidad genética y el tamaño de muchas poblaciones bajaron [2]. Los autores concluyen que la historia de esta mariposa sigue los cambios en la superficie de pastos seminaturales a lo largo del Holoceno, el periodo geológico actual [2].
¿Y los pastos de Japón? Según la nota de prensa de la Universidad de Kioto sobre ese estudio, a comienzos del siglo XX las praderas ocupaban algo más de una décima parte del territorio japonés y hoy ocupan alrededor del 1 % [3]. La misma nota señala como causas cambios en la actividad humana, como la dependencia de los combustibles fósiles y la ampliación de las plantaciones forestales [3]. Una forma sencilla de imaginarlo, y solo una forma de imaginarlo, es que cuando la hierba y la leña dejan de ser necesarias para la vida diaria, menos gente tiene motivos para mantener abiertos esos terrenos.
Conviene ser prudente: es un estudio de una sola especie en un país. No demuestra que todas las mariposas o todas las praderas sigan el mismo camino. Lo que sí muestra es que la suerte de una especie puede ir de la mano de lo que hacen las personas con la tierra.
3. En el volcán Aso, Japón, queman la pradera a propósito para conservarla
Aso es una región volcánica de la isla de Kyūshū, en el suroeste de Japón, con una de las calderas más grandes del mundo: unos 18 km de este a oeste y 25 km de norte a sur [5]. Allí está la mayor extensión de pastizales de Japón [4]. En 2013, la FAO reconoció este paisaje como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM, o GIAHS en inglés) [5].
Lo llamativo es cómo se cuidan esos pastos. La ficha japonesa de buenas prácticas habla de ciclos de quema, pastoreo y siega que conservan la biodiversidad y el paisaje agrícola [6]. Esa quema controlada de la hierba se llama noyaki en japonés. La misma ficha añade una advertencia: como ya casi no se usa ganado para arar, el vínculo físico entre las comunidades y los pastos se está perdiendo, y ese saber hay que transmitirlo a las generaciones jóvenes [6]. El fuego es una herramienta de gestión, no un juego, y en Aso la hacen personas con experiencia y muchos preparativos.
4. Cuidar una pradera entre muchas personas, incluso voluntarias
El Ministerio de Medio Ambiente de Japón explica que en Aso el pasto sin uso aumenta porque se pastorea y se corta menos hierba, y que el paisaje de praderas corre el riesgo de desaparecer. También señala que la biodiversidad está amenazada y que, al empeorar la calidad del pasto, aumentan los riesgos de incendios forestales y corrimientos de tierra [4].
Como respuesta, en 2005 se creó el Comité para la Regeneración de las Praderas de Aso. Reúne a cooperativas de pastores, vecinos, ONG y administraciones, y se apoya en voluntarios que ayudan a quemar y a abrir franjas cortafuegos [4]. Es decir, una pradera de este tipo no se conserva con una valla y un cartel: se conserva con un calendario de trabajo compartido.
5. Cómo comprobar tú mismo la diferencia entre un prado cuidado y otro abandonado
No hace falta viajar a un volcán. En un parque, un camino rural o el borde de un campo, busca dos zonas cercanas: una que se siega con frecuencia o donde pasta el ganado y otra que lleva tiempo sin tocarse. Compara la altura de la hierba, cuántos tipos de flores ves y si hay matas o arbustos jóvenes. Si puedes averiguar cuándo se corta cada zona, tendrás una pista para explicar las diferencias, igual que hacen los investigadores. Observa desde fuera, sin entrar en terrenos privados, y nunca enciendas fuego: la quema de pastos la hacen solo personas preparadas y con permiso.
También puedes leer las fuentes de abajo para ver cómo cada equipo llegó a sus datos. Una pregunta para seguir: ¿qué prados de tu zona se siguen segando o pastoreando, y cuáles se están llenando de arbustos?