No bostezamos por falta de oxígeno
La idea parece lógica: en un bostezo tomamos mucho aire, así que será para obtener más oxígeno. En 1987, Robert Provine y sus colegas la pusieron a prueba. Hicieron respirar a los participantes aire con más oxígeno o con más dióxido de carbono. La respiración aumentó, pero el número de bostezos no cambió. Tampoco cambió cuando el ejercicio hizo que respirasen aproximadamente el doble [1].
Esto no demuestra que el bostezo no tenga nada que ver con la respiración. Dice algo más modesto: si fuera una forma de arreglar la falta de oxígeno, el experimento debería haber mostrado más bostezos, y no los mostró. Además, conocemos este experimento a través de una revisión posterior que lo resume, no por el artículo original.
La idea más fuerte hoy: bostezar ayuda a enfriar el cerebro
En 2007, Andrew Gallup y su equipo propusieron la hipótesis del enfriamiento cerebral: el bostezo sería una forma de bajar la temperatura del cerebro. Es parecido a lo que hace el ventilador de un aparato electrónico cuando se calienta. Ojo: es una hipótesis, no un hecho comprobado en un cerebro vivo.
Si la idea es cierta, enfriar la cabeza debería quitar ganas de bostezar. Eso es lo que vieron en un experimento en el que se mostraban imágenes de personas bostezando. Quienes respiraban por la nariz o se enfriaban la frente tendieron a bostezar menos, y quienes se pusieron una compresa fría en la frente bostezaron mucho menos que quienes llevaban una compresa tibia o a temperatura ambiente [1].
Hay un detalle importante. Lo que se midió fue si la gente bostezaba al ver bostezos, no la temperatura del cerebro. Por eso estos resultados encajan con la hipótesis, pero no la demuestran directamente.
La temperatura del aire también cambia cuánto bostezamos
Otra pista viene de la calle. En Arizona (Estados Unidos) se observó a peatones en verano, con una media de 37 °C, y en invierno, con una media de 22 °C. En invierno, las personas tenían casi el doble de probabilidades de bostezar [1].
No significa que «cuanto más calor, menos bostezos». Los autores hablan de una «ventana térmica»: el bostezo sería más útil dentro de cierto margen de temperatura, no a cualquier temperatura. Y hay que recordar que esta revisión la escribieron quienes propusieron la teoría, así que conviene leerla con cuidado y preguntarnos qué pruebas presenta.
Cuanto más grande el cerebro, más largo el bostezo
Si bostezar enfría el cerebro, un cerebro grande, con más neuronas y más calor que evacuar, podría necesitar bostezos más largos. Un equipo de la Universidad de Utrecht con Jorg Massen como primer autor lo comprobó con 101 especies, 55 de mamíferos y 46 de aves, a partir de 1291 bostezos grabados en zoológicos y en videos publicados en internet [2].
El resultado: los bostezos eran más largos en las especies con cerebros más pesados y con más neuronas. La relación no se explicaba solo porque los animales grandes tengan cerebros grandes [2] [3]. Los autores lo consideran coherente con la idea del enfriamiento, pero es una correlación: se midió la duración del bostezo, no si el cerebro se enfría. Otra cosa que conviene saber: la nota de prensa de la universidad redondea la cifra a «más de 1250» bostezos, mientras que el artículo da 1291 [3].
Bostezan bajo el agua y antes de nacer
Como al bostezar parece que inspiramos, uno pensaría que solo se bosteza al respirar. Pero hay casos que lo ponen en duda. Un equipo de la Universidad de Mie (Japón) observó durante unas 20 horas a un dugongo del acuario de Toba y registró 14 episodios parecidos a un bostezo: boca que se abre despacio, apertura máxima y cierre rápido, bajo el agua y sobre todo en reposo. Antes se había descrito algo similar en un delfín mular. Los investigadores lo ven como apoyo a que el bostezo no necesita respirar [4].
Hay que ser prudentes: fue un solo animal en cautiverio, y llamar «bostezo» a esa conducta es una interpretación basada en cómo se parece a la de otras especies. Tampoco es una prueba del enfriamiento cerebral.
Algo parecido pasa con los fetos humanos, que empiezan a bostezar hacia la semana 11 de embarazo. Un feto no respira aire, así que el bostezo de allí no puede ser para tomar oxígeno del aire. Los defensores de la teoría del enfriamiento responden que una conducta prenatal no tiene por qué cumplir la misma función que después del nacimiento, así que el bostezo fetal ni apoya ni contradice su hipótesis [1].
Lo que sigue sin saberse
Con todo esto, podría parecer que «bostezamos para enfriar el cerebro» ya es un hecho. Pero no lo es. También se ha propuesto que el bostezo ayuda a despertar al cuerpo o que aparece con el aburrimiento, y algunos investigadores critican la hipótesis del enfriamiento; la revisión que usamos recoge esas críticas y las rebate [1]. Casi todos los experimentos con compresas y con la temperatura ambiente vienen del grupo que propuso la idea, mientras que el estudio de las 101 especies es de otro equipo [2]. Que pruebas distintas encajen es una buena señal, pero encajar no es lo mismo que demostrar.
Lo único firme es lo primero: respirar más oxígeno no hace bostezar más. Del resto, lo honesto es decir que es la explicación con más apoyo, y que sigue en discusión. (Por qué el bostezo se contagia es otra pregunta distinta, y tiene su propio artículo.)
Cómo observar tus propios bostezos
Durante unos días, cada vez que bosteces apunta en una libreta cuándo fue, dónde estabas, si hacía calor o frío y cuánto sueño tenías. Quizá notes alguna pauta. Pero esto no es un experimento: no hay comparación y apuntar ya cambia lo que haces. Sirve para fijarte, no para demostrar nada.
Si quieres ir a la fuente, mira qué midió cada estudio: unas compresas en la frente y el bostezo al ver imágenes, una encuesta de peatones, o la duración de bostezos en vídeos. Aunque medir cosas distintas encaje con la misma hipótesis, no significa lo mismo. Los dos artículos científicos de la lista de fuentes son abiertos y, al menos sus resúmenes, se leen bien aunque estén en inglés.
Fuentes
Esta página se basa en las publicaciones y notas de prensa de la lista. No se copian textos ni figuras. Para más precisión, consulta siempre las fuentes originales. No nos hacemos responsables del contenido de los enlaces.
Sobre las fuentes: todas están en inglés (no se encontró una fuente primaria en español sobre estos estudios). Se indica abajo hasta qué punto se pudo leer cada una. El debate sobre la función del bostezo sigue abierto, y las cifras que cada fuente redondea de forma distinta no se han unificado.
- Gallup, A. C. y Eldakar, O. T. (2013). The thermoregulatory theory of yawning: what we know from over 5 years of research. Frontiers in Neuroscience, 6, 188. https://www.frontiersin.org/journals/neuroscience/articles/10.3389/fnins.2012.00188/full (Acceso abierto. Se leyó el resumen y la mayor parte del texto a través de una herramienta de lectura automática; no se leyeron los últimos apartados. Es una revisión escrita por quienes proponen la teoría. De ella proceden la descripción del experimento de Provine (1987), las compresas y la respiración nasal, las temperaturas de Arizona, el bostezo fetal y las críticas; las cifras de la encuesta de Arizona (37 °C y 22 °C) coinciden con lo recogido en el texto, sin porcentajes exactos.)
- Massen, J. J. M. et al. (2021). Brain size and neuron numbers drive differences in yawn duration across mammals and birds. Communications Biology, 4, 503. https://doi.org/10.1038/s42003-021-02019-y (La página de la revista no se pudo abrir. Se leyeron el resumen y los datos de la ficha a través de un buscador y registros en repositorios; no se leyó el artículo completo.)
- Universidad de Utrecht (2021). The longer the yawn, the bigger the brain. https://www.uu.nl/en/news/the-longer-the-yawn-the-bigger-the-brain (Nota de prensa de la universidad, leída por completo a través de una herramienta de lectura automática. Redondea el número de bostezos a «más de 1250».)
- Universidad de Mie (2022). Nota de prensa sobre el estudio «Observation of yawn-like behavior in a dugong (Dugong dugon)», Journal of Ethology. https://www.mie-u.ac.jp/en/R-navi/release/bio/20220228-01.html (Nota de prensa de la universidad, leída a través de una herramienta de lectura automática; no se leyó el artículo de la revista.)
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