Este sitio es solo una puerta de entrada

Todo lo que hay aquí viene de cosas que otras personas investigaron, pensaron y construyeron de verdad: libros, artículos, registros históricos y la gente detrás de ellos. Si algo te llama la atención, ve a las fuentes originales que aparecen al final de la página. Tienen mucha más profundidad de la que una página como esta puede ofrecer.

¿Por qué se contagian los bostezos?

Categoría: El cuerpo

Empecemos por un dato raro. En un estudio, a bebés y niños muy pequeños se les puso un video de su propia madre bostezando, y ninguno bostezó por contagio. Tú, en cambio, quizá ya sientas la tentación de bostezar solo por haber leído la palabra tres veces.

Nadie sabe del todo por qué un bostezo se pasa de una persona a otra. Vamos a seguir las pistas que hay: qué lo provoca, cuándo aparece en la vida, con quién es más fuerte y qué dos explicaciones se proponen.

Ver, oír o leer sobre un bostezo puede bastar para bostezar

Lo primero que hay que aclarar es qué se contagia. Un resumen de un estudio de 1986, de Robert Provine, indica que ver bostezar a otra persona funciona como un estímulo fuerte, y que incluso pensar en el bostezo o leer sobre él hacía que muchos participantes bostezaran o sintieran ganas de hacerlo [1].

No hace falta ni siquiera mirar. En un experimento con 118 estudiantes universitarios, quienes oyeron grabaciones de bostezos bostezaron más que quienes oyeron solo sonidos de respiración [2]. El estímulo, por tanto, puede entrar por los ojos, por los oídos o por las ideas.

Los bebés y los niños muy pequeños no se contagian

Si el contagio fuera un reflejo que viene de fábrica, los bebés lo tendrían. Los datos dicen otra cosa. En el estudio de Millen y Anderson, los padres anotaron durante una semana los bostezos de sus hijos pequeños: no apuntaron ni un solo bostezo contagiado. Y en el laboratorio, ni las imágenes de bostezos ni un video repetido de la propia madre bostezando lograron contagiar a los bebés y a los niños en edad preescolar [3].

Los autores concluyen que, aun viendo bostezar a alguien con quien tienen un vínculo fuerte y positivo, los niños muy pequeños no muestran bostezo contagioso. Otro estudio, que observó adultos, recoge que el contagio empieza hacia los 4 o 5 años [4]. Esa edad la cita como dato previo, no la midió. Esta pista nos deja una sospecha: quizá el contagio tenga que ver con lo social, y no solo con la boca.

Te contagias más de quien tienes más cerca

Norscia y Palagi observaron durante un año a 109 adultos de Europa, Norteamérica, Asia y África en su vida diaria, sin manipular nada. Anotaron cada bostezo y quién respondía con otro bostezo en los tres minutos siguientes [4].

El orden fue claro: el contagio fue más frecuente entre familiares, después entre amigos, luego entre conocidos y menos entre desconocidos. Con desconocidos, además, la respuesta tardaba más. De todo lo que miraron (sexo, nacionalidad, si el bostezo se veía o se oía, dónde estaba el observador), solo el vínculo entre las personas predecía el contagio [4].

Entonces, ¿es empatía? La evidencia no es consistente

Este resultado parece apuntar a la empatía: bostezamos con quien sentimos cerca. Muchos investigadores lo han propuesto así. Pero una revisión de 2017 de Massen y Gallup juntó los estudios sobre diferencias individuales, grado de empatía medido con cuestionarios, familiaridad, sexo, trastornos psicológicos, desarrollo infantil y neuroimagen. Su conclusión es que la relación entre bostezo contagioso y empatía muestra un patrón inconsistente e inconcluyente, con limitaciones y variables que pueden confundir, como la atención visual y la inhibición social [5].

Es importante no leer esto como «la empatía queda descartada». Lo que se dice es que, hoy, no hay pruebas firmes a favor.

La otra idea: bostezar ayudaría a enfriar el cerebro

La hipótesis de la termorregulación propone que el bostezo es un mecanismo de enfriamiento: se activaría cuando el cerebro se calienta y produciría un efecto de refrigeración medible. En una revisión de 2013, Gallup y Eldakar afirman que durante los cinco años anteriores varios estudios confirmaron y replicaron predicciones concretas sobre el enfriamiento del cerebro y la «ventana térmica», y que ninguno halló datos en contra [6].

La misma revisión señala que el bostezo contagioso en humanos cambia con las estaciones del año [6]. Una lectura prudente es esta: la teoría explica sobre todo por qué bostezamos, y que el contagio varíe con el clima sugiere un lazo con ella, pero no resuelve por sí solo por qué un bostezo se pasa de una persona a otra. Las dos ideas no tienen por qué excluirse.

Cómo comprobarlo tú: una semana de anotaciones

No hace falta provocar nada ni incomodar a nadie. Durante una semana, lleva una libreta y, cada vez que bosteces después de ver u oír un bostezo, apunta de quién era: alguien de tu familia, un amigo, un compañero, una persona desconocida en un video.

Al final, mira si tu lista se parece al orden que encontró el estudio de los 109 adultos. Si no, no te preocupes: una libreta no puede distinguir un bostezo contagiado de uno que habrías hecho igualmente, y tu semana es una muestra diminuta. Lo valioso es descubrir cuántas preguntas surgen de algo tan cotidiano.

Si quieres ir más lejos, el estudio de Norscia y Palagi y la revisión de Gallup y Eldakar se pueden leer completos y gratis (están en la lista de fuentes).

Fuentes

Esta página se basa en las publicaciones científicas de la lista. No se copian textos ni figuras. Para más precisión, consulta siempre las fuentes originales. No nos hacemos responsables del contenido de los enlaces.

Sobre las fuentes: son artículos y revisiones científicas, todos en inglés (no se encontró una fuente primaria en español sobre estos estudios). Se indica abajo hasta qué punto se pudo leer cada una.

  1. Provine, R. R. (1986). Yawning as a stereotyped action pattern and releasing stimulus. Ethology, 72. https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1439-0310.1986.tb00611.x (No se pudo abrir el artículo ni su resumen en la web de la editorial por acceso restringido. Lo citado procede de descripciones de su resumen en otros sitios; no se ha comprobado en el original ni se da ninguna cifra.)
  2. Massen, J. J. M., Church, A. M. y Gallup, A. C. (2015). Auditory contagious yawning in humans. Frontiers in Psychology. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC4636538/ (Se leyó el resumen y el artículo en acceso abierto a través de una herramienta de lectura automática.)
  3. Millen, A. E. y Anderson, J. R. (2011). Neither infants nor toddlers catch yawns from their mothers. Biology Letters, 7(3), 440-442. https://royalsocietypublishing.org/doi/10.1098/rsbl.2010.0966 (La página de la revista dio acceso restringido. Solo se pudo consultar el resumen reproducido en repositorios y otros sitios; no se leyó el artículo completo, por eso no se dan edades exactas.)
  4. Norscia, I. y Palagi, E. (2011). Yawn contagion and empathy in Homo sapiens. PLoS ONE, 6(12), e28472. https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0028472 (Acceso abierto. Se leyó el texto a través de una herramienta de lectura automática, no a mano.)
  5. Massen, J. J. M. y Gallup, A. C. (2017). Why contagious yawning does not (yet) equate to empathy. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 80, 573-585. https://dspace.sunyconnect.suny.edu/items/a11f4777-14b6-4206-a8f9-4200d65e3e33 (Solo se pudo comprobar el resumen y los datos de la ficha; no se leyó la revisión completa.)
  6. Gallup, A. C. y Eldakar, O. T. (2013). The thermoregulatory theory of yawning: what we know from over 5 years of research. Frontiers in Neuroscience, 6, 188. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC3534187/ (Acceso abierto. Se leyó el texto a través de una herramienta de lectura automática.)

Historial de cambios

  • : primera publicación.

En este sitio, el texto de una página publicada no se reescribe. Solo se corrige cuando hay un error o la información queda anticuada, y el motivo se anota aquí.